
Cada 11 de febrero, desde 2015, el mundo vuelve a poner la mirada en una conmemoración que habla más del futuro que del pasado: el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Impulsado por Naciones Unidas, este día nació con un objetivo claro: reconocer la contribución de las mujeres al avance científico y promover que más niñas y jóvenes puedan desarrollar su vocación en ámbitos STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas).
A lo largo de la historia, muchas mujeres han formado parte esencial del progreso científico. Algunas alcanzaron reconocimiento; otras trabajaron desde posiciones menos visibles, aportando conocimiento, resolviendo problemas complejos o impulsando avances decisivos sin ocupar titulares. La ciencia, en realidad, siempre ha sido un esfuerzo colectivo. Comprenderlo así nos permite ampliar la mirada: no se trata solo de recordar nombres del pasado, sino de reconocer a quienes hoy investigan, programan, diseñan, enseñan y desarrollan soluciones que impactan en nuestra vida cotidiana.
En los últimos años, el acceso de las mujeres a la educación científica ha crecido de forma significativa. Sin embargo, en determinadas áreas tecnológicas y de ingeniería la representación sigue siendo desigual. Más que una cuestión de capacidad, hablamos de vocaciones, referentes y oportunidades. Muchas decisiones profesionales comienzan en la infancia, cuando la curiosidad encuentra —o no— el entorno adecuado para desarrollarse.
La edición de 2026 pone el foco en un ámbito especialmente relevante: la inteligencia artificial y su papel en la construcción de un futuro más inclusivo y sostenible. La IA ya forma parte de nuestro día a día, desde la investigación sanitaria hasta el análisis de datos complejos o el desarrollo de herramientas digitales avanzadas. Naciones Unidas recuerda que estas tecnologías pueden ser clave para afrontar desafíos globales, pero también subraya algo fundamental: su impacto dependerá de quiénes participen en su diseño, desarrollo y aplicación. Si los sistemas que marcarán el mañana se construyen desde perspectivas diversas, serán más completos, más justos y más eficaces.
No se trata solo de algoritmos o tecnología: se trata de personas. De niñas y jóvenes que hoy sienten curiosidad, de estudiantes que exploran, de profesionales que lideran proyectos y equipos diversos. Cada historia, cada iniciativa, cada proyecto contribuye a derribar estereotipos y a ampliar horizontes, haciendo que la ciencia y la tecnología sean espacios de desarrollo real para todos los talentos.
En Bahía, donde desarrollamos soluciones tecnológicas e impulsamos proyectos de innovación en distintos ámbitos, sabemos que los avances más sólidos nacen del trabajo colaborativo y de la combinación de experiencias y perspectivas distintas. La diversidad no es solo un valor; es un factor que mejora la calidad de los resultados y fortalece la capacidad de adaptación en entornos cada vez más cambiantes.
El 11 de febrero no es únicamente una fecha conmemorativa. Es una oportunidad para reforzar el compromiso con entornos que impulsen el talento sin etiquetas, que fomenten la curiosidad desde edades tempranas y que acompañen el desarrollo profesional a lo largo del tiempo. Porque cada niña que hoy se pregunta cómo funciona el mundo puede estar, mañana, diseñando la tecnología que lo transforme.
Y el futuro de la ciencia necesita todo ese talento.